Planificación: ni el huevo ni la gallina

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POR FEDERICO DE ARTEAGA

Plan (altitud, nivel) viene del latín planus (plano). Al hablar de un plano, nos referimos a un objeto geométrico que no posee volumen, que opera sólo en dos dimensiones, y que contiene un número infinito de rectas y puntos. Sin embargo, cuando el término se utiliza en plural, se refiere a la representación gráfica de varias superficies en diferentes posiciones. Siguiendo esta línea de pensamiento, podríamos definir a la planificación como la acción y el efecto de hacer planes. Es qué cosas ver, qué temas tratar, y cómo hacerlo.

En la planificación, el enfoque se pone casi siempre en los extremos: de lo instantáneo a lo perpetuo. Sobre todo, existe una especie de fascinación por el proceso. Las afirmaciones de siempre, sobre todo en las comisiones y los comités:

  1. No tenemos un plan serio y de largo plazo = Para darnos el tiempo de pensar y discutir a fondo lo que todo el mundo ya sabe, no hacemos nada en seis meses.
  2. Sólo tenemos planteamientos a corto plazo, por lo que todo parecerá descontextualizado = Tampoco hacemos nada.
  3. Hagamos subcomisiones multidisciplinarias y de acuerdo a la doble hélice con participación, pública, privada y académica para analizar los temas = Perdamos tiempo con comisiones de opinólogos (que ni gestionan ni trabajan).
  4. Hay que hacer una consulta pública para que la sociedad tenga sentido de pertenencia, que tome conciencia de la importancia de lo que hacemos como Comité, y de la trascendencia de tener un plan serio a largo plazo = Dediquemos valiosos meses diseñando encuestas y contratando consultoras para saber lo que ya sabemos, pues lo que importa es el proceso.
  5. Nos reunimos el mes que viene con una propuesta para hacer el plan = Al mes nadie tiene nada, porque en la primera reunión no se elaboró una hoja de ruta con las acciones precisas para ejecutar el plan.

Es el terreno de la máquina de impedir. Si se enfatiza en los procesos y sobre todo en los diagnósticos, es el fin del tiempo productivo. Los hacedores de políticas y sobre todo los expertos solemnizan la planificación. Es mejor planear que planificar: lo primero implica ver el contexto, sí “a vuelo de pájaro”. Ello no implica superficialidad, sino tener una mirada espacial sobre el territorio: lo que hay sobre él, lo que lo habita y permite, si no acertar, al menos no equivocarse.

Esto se traduce en inmediatez. El hacer por hacer, descontextualizado e irreverente. Las frases son:

  1. Hagamos lo que hay que hacer, ya = Ya sabemos lo que se necesita, hace años lo tenemos claro; invirtamos y hagamos las cosas bien.
  2. Hagamos los proyectos a nivel ejecutivo, para que no nos agarre el problema a mediano o largo plazo.

Lo importante es no perder de vista la compatibilización de las dos lecturas, trabajar en simultaneidad. Porque “hay un tiempo”, decía el Eclesiastés. Hay una temporalidad y una territorialidad –y espacio para trabajar en las dos. Lo que no se puede es confundirse, en su mejor acepción etimológica.

No podemos fallar en los planos. La planeación que funciona debe ir de la mano del deadline, del impacto; de la meta, no del origen. ¿Errores del tipo 1 o del tipo 2? Errar o equivocarse… Planear ya no es una técnica: es una artesanía. Como ya no es el huevo o la gallina, puesto que existe la clonación.

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