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Perderse en la Ciudad.

Por Federico de Arteaga.

Walter Benjamin decía que lo más difícil o lo más importante en una ciudad no es aprender a orientarse, sino aprender a perderse. Pero tampoco tendríamos que escoger: debiéramos poder orientarnos y perdernos.

Hay que hacer, pues, lecturas lúcidas de los temas.

Ahora todo parece querer ser inteligente. Smart Cities, Smart Destination, Ciudad Inteligente, Destino Inteligente… Recordemos además que Smart no equivale a Intelligent.

Si dejáramos de decir cada cinco minutos, y con cualquier pretexto, la palabra inteligente y pudiéramos vaciarla de ese contenido, estaríamos dando el primer paso para que empezara a serlo, pues como tantas otras palabras, está perdiendo su peso original de manera acelerada por exceso de uso. Lo que empezó como una categoría distintiva se ha ido pegando a cualquier cosa indistintamente: “islas inteligentes”, “tortillas inteligentes”, y más. Esta lógica nos lleva a recordar a Camus en boca de Calígula: “Hoy voy a ser lógico; eliminaré las contradicciones y a los contradictorios”.

Es como las marcas de moda; si uno no las usa, no es “cool”. Hoy estar en el tema inteligente se ha convertido en un asunto aspiracional. Pero una vez más … ser o estar debería empezar a prendernos un sensor no siempre activado: el sentido común.

Ahora bien, si ser snob es el peligro, el riesgo contrario es no tener en cuenta la funcionalidad de las estrategias y herramientas que el concepto provee.

La realidad es que cuando una ciudad empieza a mostrar signos de crecimiento y generación de empleo, y a contar con atracciones y productos turísticos, se genera migración positiva, aumenta la PEA, baja la pobreza y recibe visitantes que exceden su capacidad de carga en temas de tráfico, agua, servicios, espacio público. Y todo ello hay que gestionarlo con herramientas y tecnología, big data, trazabilidad, app´s, conectividad; implica racionalidad, desde luego.

Pero una cosa es presumir y otra muy distinta –también grave– es omitir.

Las ciudades no pueden cometer pecados de omisión.

Así, una ciudad verdaderamente Smart –Intelligent– City no tiene que gritar a los cuatro vientos que lo es. Pues de serlo, el residente y el visitante por sí mismos serían capaces de percibirlo en seguida.

Y no convertirse estas ciudades las parvenus de lo urbano.

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