La vida en una ciudad inteligente.

Publicado por El País. Ver publicación original aquí.

Digitales, sostenibles y sobre todo cada vez más humanas. Estas son las características de las ciudades del futuro.

Desde Nueva York hasta Barcelona, pasando por Frankfurt y Buenos Aires, las ciudades del mundo son cada vez más inteligentes. Impulsadas por un ejército de objetos que interactúan entre sí, las smart cities pretenden dar solución a una larga lista de retos: escasez de recursos, concentración urbana, atascos, contaminación, entre otros, que se han acrecentado frente al rápido repunte poblacional.

Pero, ¿cómo definimos a una ciudad inteligente? 

“Hablar de una smart city es hablar de urbes con sentido humano, es decir, donde el ciudadano está en el centro y la tecnología trabaja para él”, asegura Javier Paniagua, responsable de desarrollo de negocio de Smart Cities de Telefónica Empresas.

Cuando una localidad, por ejemplo, tiene semáforos capaces de medir la densidad del tráfico, el municipio puede optimizar el transporte público y el número de autobuses en la carretera. De esta manera gestiona sus recursos (número de coches y conductores), y sobre todo cuida el medio ambiente y agiliza la movilidad. Las smart cities además de mejorar la vida de los ciudadanos, permiten a las administraciones públicas realizar una gestión coordinada de los servicios de la ciudad, y por tanto un gasto más inteligente.

Sinergias

Las soluciones implantadas en las ciudades inteligentes fomentan la innovación entre empresas locales y administraciones públicas, creando entornos idóneos para testar nuevas herramientas tecnológicas.

El corazón de las ciudades inteligentes late gracias a millones de sensores que recogen, y comparten entre sí, un océano de datos.

Una smart city genera, en promedio, unos 2,3 gigabytes por segundo, según las estimaciones del estudio Things Matter 2019, elaborado por Telefónica. Estos son analizados, en tiempo real, por sistemas de big data e inteligencia artificial para generar nueva información que después se aplica en la mejora de diversos servicios.

La comunicación entre objetos se realiza mediante redes celulares con un bajo ancho de banda. Gracias a ello es posible conectar a internet dispositivos que transmiten pequeñas cantidades de datos a un reducido coste y con una alta duración de sus baterías. Esta tecnología, conocida como LPWA (baja potencia y largo alcance, por sus siglas en inglés), tiene dos vertientes: LTE-M, utilizada en objetos en movimiento y necesaria en casos de conexiones que incluyen voz, y NB-IoT, usada en interiores y sitios profundos. Por otra parte, la tecnología LTE configura redes privadas con una velocidad de conexión cercana al 4G para enlazar sensores que requieren de una comunicación inmediata, a una alta velocidad y sin ningún tipo de interrupción.

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